De esta manera, una madre se vuelve parte del trasfondo: indispensable, pero invisible. No porque carezca de importancia, sino porque su presencia se siente garantizada. Este patrón neurológico inconsciente puede hacer que quien da sin parar se sienta profundamente infravalorado.
2. La distancia necesaria para convertirse en uno mismo
El crecimiento psicológico requiere separación. Para que un niño desarrolle su propia identidad, debe cuestionar, discrepar y distanciarse emocionalmente de sus padres, un proceso conocido como individuación.
Lo que para un niño parece autodescubrimiento, para su madre suele ser un rechazo. Sin embargo, en muchos casos, el amor no ha disminuido; el niño simplemente intenta definirse. Cuando esta separación se enfrenta a la culpa o la resistencia, la distancia suele agrandarse.
3. Dolor liberado donde la seguridad está garantizada
Los niños suelen descargar su frustración, ira o caos interior en la persona en la que confían que nunca los abandonará. Dado que una madre representa la aceptación incondicional, se convierte en el lugar más seguro para liberar emociones que no pueden controlar en otro lugar.
Por eso un niño puede mostrar amabilidad hacia el mundo exterior, pero dureza en casa. No es justo ni sano, pero comprender que este comportamiento refleja la lucha interna del niño, más que el valor de la madre, puede evitar que ese dolor se vuelva interno.
