Cuando Ricardo me anunció su invasión familiar, no discutí más. Colgó casi dándome órdenes.
En lugar de entrar en pánico, respiré hondo, me preparé un café y llamé a la empresa de seguridad del fraccionamiento.
Les pedí que estuvieran listos para recibir “a mis invitados” y que les explicaran el reglamento con lujo de detalle. Yo no iba a gritar ni hacer escándalo; las reglas hablarían por mí.
La realidad golpea en la caseta de seguridad
Justo dos horas después, cinco camionetas llenas de gente, hieleras y equipaje llegaron a la entrada del fraccionamiento. Desde mi terraza los vi bajar felices, como si llegaran a un resort.
En la caseta, el guardia los detuvo:
Todas las visitas deben estar autorizadas por el propietario.
No se permiten fiestas ni música alta.
Máximo ocho personas por casa en la playa.
