Compré una casa en la playa y mi hijo pretendía traer a 30 familiares de su esposa, por eso tomé esta decisión.

Cuando Ricardo me anunció su invasión familiar, no discutí más. Colgó casi dándome órdenes.
En lugar de entrar en pánico, respiré hondo, me preparé un café y llamé a la empresa de seguridad del fraccionamiento.

Les pedí que estuvieran listos para recibir “a mis invitados” y que les explicaran el reglamento con lujo de detalle. Yo no iba a gritar ni hacer escándalo; las reglas hablarían por mí.

La realidad golpea en la caseta de seguridad
Justo dos horas después, cinco camionetas llenas de gente, hieleras y equipaje llegaron a la entrada del fraccionamiento. Desde mi terraza los vi bajar felices, como si llegaran a un resort.

En la caseta, el guardia los detuvo:

Todas las visitas deben estar autorizadas por el propietario.

No se permiten fiestas ni música alta.

Máximo ocho personas por casa en la playa.