Clara se fue… y yo me quedé con todo
La madre de mis hijos, Clara, se marchó dos años atrás. No fue una salida silenciosa: dejó palabras que todavía me arden. Dijo que yo era pobre, que no podía mantener una familia, que mi fracaso la hundía. Y se fue.
Ese día entendí algo: hay abandonos que no se cierran con el tiempo, solo se aprenden a cargar. Desde entonces, mi vida se convirtió en un turno interminable:
Desayunos rápidos y mochilas apuradas.
Cole y guardería.
Trabajo por encargo escribiendo lo que sea para sobrevivir.
Noches intentando volver a mi novela, con el cuerpo roto y la mente cansada.
Mis padres: cerca del mar, lejos de nosotros
Mis padres viven bien, en la Costa del Sol, con una vida ordenada y luminosa que parece de otra dimensión. Llaman poco y cuando lo hacen, suele ser más por compromiso que por cariño. Nunca vienen. Y cuando pido ayuda, siempre hay una excusa: un viaje, un evento, una agenda que “no se puede mover”.
Yo aprendí a no pedir demasiado. Pero también aprendí que hay momentos en los que uno se queda sin opciones.
