Cuando Mi Hija Enfermó, Pedí Ayuda — Pero Mis Padres Me Dieron La Espalda.

Elena murió en el hospital, mientras yo le leía un cuento. La alarma sonó, entró el equipo, pero yo ya lo sabía: lo sentí en el silencio repentino de su pecho.

La abracé como se abraza lo que no se puede perder, y aun así la perdí.
Después: el vacío y el borde
El funeral fue pequeño. Clara no fue. Mis padres llegaron tarde, cuando todo había terminado, con disculpas que ya no tenían lugar.

La casa se volvió un lugar extraño:

Hugo se apagó y empezó a dibujar flores una tras otra.

Mateo preguntaba cuándo volvía Elena “de la excursión del hospital”.

Yo funcionaba por inercia, pero por dentro estaba roto.

Hubo una noche en la que me asomé al abismo. No lo digo como metáfora: fue real. Pero escuché a Mateo murmurar “papá” dormido, y recordé la mirada de Hugo buscando una señal de que yo no me iba a ir también.

Elegí quedarme.

Escribir para no morir
Ángela volvió, esta vez a casa, con galletas y libros para los chicos. Se sentó en el piso a jugar con ellos como si el dolor no fuera una pared, sino un lugar donde también se podía respirar.

Esa noche abrí mi manuscrito y, por primera vez en años, escribí con verdad.
Escribí sobre Elena.
Sobre el hospital.
Sobre la soledad.
Sobre el abandono.
Sobre ser un padre que se siente un fracaso, pero igual se levanta a hacer el desayuno.