David no le contó a Ethan lo que había descubierto. El niño ya había pasado por suficiente terapia para afrontar la muerte de su madre; reabrir viejas heridas lo destruiría. Pero David no podía dejarlo pasar.
Contactó con su vieja amiga de la universidad, Rachel Porter, ahora periodista en Chicago. Le envió la matrícula y la extraña coincidencia. “¿Crees que alguien se hace pasar por Laura?”, preguntó Rachel por teléfono.
—No lo sé. Pero quienquiera que sea, sabe a qué escuela va Ethan.
Rachel aceptó ayudar. En 48 horas, localizó la matrícula del vehículo, registrada bajo una identidad temporal, con domicilio en Fort Collins, dos horas al norte. La foto de identificación estaba borrosa, pero el cabello, la complexión y los ojos de la mujer le resultaban inquietantemente familiares.
David condujo hasta Fort Collins ese fin de semana. La dirección llevaba a una pequeña casa de dos pisos cerca de una vía férrea abandonada. Nadie abrió la puerta, pero el buzón tenía las iniciales «LMR». Miró por la ventana: una foto enmarcada de Ethan en su último cumpleaños, sentado junto a Laura. La foto nunca se había tomado.
Le temblaban las manos al llamar a Rachel. «Tiene fotos de mi hijo. Nos ha estado observando».
