Mientras muchas personas “soñaban”, yo ahorraba. Mi abuela repetía siempre lo mismo:
“Una mujer debe tener su propio dinero. No secreto… propio.”
Cómo me convertí en “todo” (sin salario, sin aplausos)
Cuando el negocio de Víctor empezó a despegar, me pidió que dejara el bufete para ayudarlo “un tiempo”.
Ese “un tiempo” se convirtió en once años.
Yo era contable, coordinadora, administradora, marketing, eventos, enlace con clientes, la que apagaba incendios… y además madre, cocinera, y el sostén invisible de la casa.
Mi título oficial era “esposa”.
Mi título real era: Todo lo demás.
Y él se quedaba con los premios, los brindis y el crédito.
El cambio: cuando el respeto se volvió desprecio
Un día dejó de consultarme decisiones.
Luego llegaron las críticas: mi ropa, mis comidas, mi “falta de ambición”.
¿Falta de ambición?
Yo sostenía la estructura completa de su empresa… gratis.
Hasta que una tarde lo dijo, sin emoción, como si pidiera algo en un menú:
—“Quiero el divorcio. Quiero la casa, los coches, el negocio, todo. Tú te quedas con Tomás.”
Como si nuestro hijo fuera un sobrante.
