Colgué antes de poder responder. Mi ira inicial se había convertido en un ataque de pánico. La matrícula era exorbitante. Llamé rápidamente a mi hermana, desesperada por encontrar un aliado o al menos una explicación, pero no contestó. Empecé a revisar mis extractos bancarios y mi fondo de emergencia. Era posible, pero me dejaría prácticamente sin dinero. ¿Cómo podía mi madre hacerme esto, sobre todo después de haber malgastado su pensión? Sentía que me castigaba por negarle la ayuda que, irónicamente, ahora necesitaba desesperadamente.
Segunda parte: La confrontación y la amarga verdad
No podía esperar otra semana. La noche siguiente, fui a la pequeña casa de mi hermana. Estaba abarrotada: mi hermana, sus cuatro hijos y mi madre, sentadas tranquilamente en un sillón, leyendo. El ambiente era denso.
“¡¿Qué haces?!”, le grité a mi madre, ignorando a mi hermana. “¡No puedes pedirme que te pague la universidad! ¡Siempre dijiste que era un regalo, una inversión en mi futuro!”
Mi madre cerró lentamente el libro y me miró con una expresión que nunca antes le había visto: no era ira, sino una profunda decepción.
“¿Un regalo?”, preguntó en voz baja. “Hijo mío, ¿recuerdas lo que me dijiste ayer? ¡No recibí ni un céntimo tuyo!”.
