La fe cristiana no niega el dolor de la ausencia, pero lo ilumina con esperanza. La muerte no rompe el amor, lo transforma. Quienes partieron no están perdidos, están en las manos de Dios.
Un acto de fe, no de apego
Cuando se comprende esta verdad, el cementerio deja de ser un lugar de angustia y se convierte en un espacio de oración serena. No vamos a buscar al alma, porque sabemos que no está allí. Vamos a recordar, a rezar y a confiar.
La verdadera comunión con nuestros seres queridos no se da en la tumba, sino en la oración y en la esperanza de volver a encontrarnos en la vida eterna.
Que este mensaje ayude a mirar la muerte con fe,
a vivir con esperanza y a confiar en que las almas de quienes amamos están, hoy y siempre, en las manos de Dios.
