Mi pareja intentó intervenir con diplomacia, agradeciendo el anuncio y tratando de devolver el foco a la fiesta. Pero mi cuñada no se detuvo. Empezó a hablar de lo difícil que había sido su relación, de cómo siempre sentía que nadie la tomaba en serio, de que por fin era su turno de ser celebrada.
Cada palabra hacía el ambiente más pesado.
Las miradas, los murmullos y la vergüenza
Miré a mi alrededor. Mi familia estaba incómoda. Mis padres evitaban cruzar miradas conmigo. Algunos invitados fingían revisar sus teléfonos. Otros susurraban entre ellos, sin saber cómo reaccionar.
Yo sentía una mezcla de rabia y tristeza. No quería armar un escándalo, pero tampoco podía ignorar lo que estaba pasando. Aquella noche, que había sido pensada para unirnos, se estaba convirtiendo en un escenario de tensiones familiares.
El giro que nadie vio venir
Entonces ocurrió lo impensado.
El novio de mi cuñada, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un paso al frente. Se notaba nervioso. Tomó el micrófono con las manos temblorosas y respiró hondo antes de hablar.
