Cuarta opción: el hogar de ancianos
Finalmente acepté probar un centro residencial. Limpio, ordenado, con personal médico y comidas incluidas.
Pero en pocos días me sentí atrapado.
Horarios estrictos, decisiones ajenas, permisos para salir, luces apagadas a cierta hora.
No estaba enfermo. Pensaba con claridad. Caminaba solo.
Y aun así, me trataban como si ya no pudiera decidir.
Después de tres semanas entendí que prefería luchar con mis límites antes que vivir sin libertad.
El descubrimiento inesperado: la comunidad
De vuelta en casa, sin saber qué hacer, algo cambió de forma inesperada.
Conocí a una vecina joven que estaba desbordada con trabajo y su hija pequeña.
Le ofrecí ayuda. Empecé a acompañar a la niña desde la escuela.
Ella me regalaba dibujos. Su madre me dejaba comida. Su familia me ayudaba con cosas del hogar.
Sin planearlo, se creó algo poderoso: intercambio, apoyo, sentido.
