Mi hijo me pidió que no me involucrara más y dejé de ayudar, pero las consecuencias fueron inesperadas.

Mi hijo me pidió que no me involucrara más y dejé de ayudar, pero las consecuencias fueron inesperadas.
El mensaje llegó en una tarde tranquila, de esas que suelen traer calma. Estaba cerca de la ventana, doblando ropa tibia que aún olía a jabón y sol, cuando el teléfono vibró suavemente. Sonreí sin pensar. Las madres nunca pierden esa costumbre: el corazón siempre se acelera cuando aparece el nombre de un hijo en la pantalla.

Pero la sonrisa duró muy poco.

“No te metas. Mi esposa se siente incómoda. Respeta nuestro espacio.”

Nada más. Sin saludo, sin afecto, sin un “mamá”. Solo una frase limpia y fría que dolió más que cualquier discusión.

Lo leí varias veces, buscando algún error, alguna intención oculta, alguna señal de que no era tan

grave como parecía. Pero el silencio del teléfono fue absoluto. El significado, innegable.