Compré una casa en la playa y mi hijo pretendía traer a 30 familiares de su esposa, por eso tomé esta decisión.

Me llamo Alberto Ramírez, tengo 72 años y después de 45 años trabajando como ingeniero civil, por fin había cumplido mi gran sueño: comprar una casa frente al mar para pasar mis últimos años en paz.
Habían pasado solo tres días desde la compra cuando sonó el teléfono: era mi hijo Ricardo.

—Papá, estoy llegando en dos horas con 30 parientes de Mónica. Haz la cena y arregla los cuartos. Vamos a pasar un mes ahí.

Así, sin preguntar, sin consultar, como si mi casa nueva fuera un hotel todo incluido. Mientras él hablaba, yo sentía cómo ese sueño de tranquilidad comenzaba a tambalearse.

La casa que compré… y las reglas que él no conocía
Mi casa estaba en un fraccionamiento privado frente al mar: cuatro recámaras, tres baños, terraza con vista al océano y un reglamento más estricto que muchos hoteles. Yo lo había leído con calma y lo había firmado feliz, porque significaba algo muy importante para mí: orden, silencio y respeto.