Ahí estaba ella.
Con una sonrisa que se le borró en el mismo instante en que me vio.
Se quedó pálida.
—¿Tú…? —balbuceó— Yo pensé que…
—¿Que no estaba en casa? —terminé la frase por ella—. Pasa. Tenemos que hablar.
Entró despacio, como quien camina hacia una confesión inevitable.
Mi marido apareció desde la cocina, con el delantal puesto.
—Cariño, ¿quién es? —preguntó.
Ella lo miró.
Luego me miró a mí.
Y empezó a llorar.
