Había cortado lazos con mi hermana, hasta que ella entró en mi sala de quimioterapia.

Había cortado lazos con mi hermana, hasta que ella entró en mi sala de quimioterapia.
Seis años sin hablar es mucho tiempo. Lo suficiente como para convertir a una hermana en un recuerdo borroso, casi abstracto. Aprendes a vivir con este vacío, a sortearlo, a llamarlo «protección». Hasta el día en que la vida decide dejar de fingir. Y el silencio, de repente, se vuelve insoportable.
Cuando una discusión se convierte en un punto sin retorno
Tras la muerte de su madre, todo se descontroló. El papeleo, los recuerdos, las palabras no dichas… y aquella infame discusión sobre la herencia, que en realidad solo fue un pretexto. Tras las cifras se escondían heridas mucho más antiguas: la sensación de no haber sido vistos lo suficiente, reconocidos lo suficiente, queridos lo suficiente.
Las palabras superaron sus pensamientos. Entonces sintió ese chasquido interior, ese que dice: «Se acabó».
Desde entonces, actuó como si fuera hija única. Más sencillo. Menos doloroso, pensó.