Había cortado lazos con mi hermana, hasta que ella entró en mi sala de quimioterapia.

Pero ese no.

Su hermana estaba allí. Sentada. Cansada. Tenía los ojos rojos.
No armó un escándalo. Simplemente dijo:
«Conduje toda la noche. Estoy aquí».

Once horas en la carretera. Sin apelación. Sin mensaje. Solo una decisión.

Amor en acción, sin palabras.
No hablaron del pasado. Ni de dinero. Ni de los seis años de silencio. En cambio, su hermana se quedó. En cada cita. Durante cada espera interminable. Aprendió los horarios, los hábitos, las necesidades.

Cuando empezó a caerse el pelo, volvió esa misma noche con la maquinilla… y también se afeitó la cabeza. Sin preguntar. Como si fuera lo más natural del mundo.

Cuando las noches se hacían demasiado pesadas, se sentaba en las frías baldosas del baño, tarareando las canciones que solían cantar de niñas en la cocina de su madre.