Crié solo a mi hijo Diego desde que su madre murió cuando él tenía 12 años. Dos trabajos, pocas horas de sueño y muchas renuncias. Siempre creí que ese sacrificio había construido algo sólido entre nosotros.
Me equivoqué.
Las señales que decidí ignorar
“Papá, pásame tus datos, quiero ayudarte”
Tres meses antes, Diego me pidió los datos de mis cuentas bancarias.
Dijo que quería ayudarme a organizar pagos automáticos, que ya estaba grande y no quería que olvidara nada importante. Dudé. Algo dentro de mí se tensó. Pero era mi hijo. Mi único hijo.
Le di acceso.
La visita con su prometida
Semanas después vino con su prometida, Brenda.
Era joven, elegante y tenía una mirada calculadora que recorría la casa como si ya estuviera evaluando un negocio.
—Esta casa debe valer bastante —comentó sin disimulo.
—Es mi hogar. No está en venta —respondí.
