En el pasillo, el gerente bancario desde Suiza confirmó lo que yo necesitaba escuchar:
El dinero estaba seguro. La venta se había cerrado. Yo era libre.
La advertencia del mesero
Cuando estaba por volver a la mesa, un joven mesero se acercó. Pálido. Nervioso. Temblando.
Su voz fue un susurro con el peso de una sentencia:
—Señora… su nuera vertió algo en su copa. Un polvo blanco. Lo mezcló. Por favor, no se la tome.
Ahí entendí algo que me heló la sangre:
No solo querían mi dinero. Querían sacarme del camino.
Le puse billetes en la mano al chico y le dije lo necesario:
—Gracias. Ahora vuelve a tu trabajo. Tú no viste nada. Yo me encargo.
