Mi nuera echó algo en mi vaso, así que cambié mi bebida con la de su padre. Veinte minutos después…

En el pasillo, el gerente bancario desde Suiza confirmó lo que yo necesitaba escuchar:
El dinero estaba seguro. La venta se había cerrado. Yo era libre.

La advertencia del mesero
Cuando estaba por volver a la mesa, un joven mesero se acercó. Pálido. Nervioso. Temblando.
Su voz fue un susurro con el peso de una sentencia:

—Señora… su nuera vertió algo en su copa. Un polvo blanco. Lo mezcló. Por favor, no se la tome.

Ahí entendí algo que me heló la sangre:
No solo querían mi dinero. Querían sacarme del camino.

Le puse billetes en la mano al chico y le dije lo necesario:
—Gracias. Ahora vuelve a tu trabajo. Tú no viste nada. Yo me encargo.