El cambio de copas
Regresé a la mesa con mi máscara de hierro. Valeria me sonrió con esa dulzura falsa que usan quienes creen que ya ganaron.
La copa estaba ahí. Perfecta. Roja.
Pero ya no era vino: era una trampa.
Entonces actué. Fingí torpeza, choqué la pierna con la mesa, caí hacia don Esteban y, en el caos de servilletas y movimientos, cambié mi copa con la suya.
Un movimiento rápido, limpio, aprendido en años donde la gente sonríe mientras prepara puñales.
Valeria miraba fijamente la copa frente a su padre… creyendo que era la mía.
Yo levanté mi cristal y dije:
—Brindemos por la familia… y porque cada quien reciba exactamente lo que se merece esta noche.
Veinte minutos después… el infierno se abre
Don Esteban bebió todo de un trago. Se burló. Se sintió ganador.
Pasaron diez minutos. Luego veinte.
