Durante semanas imaginé ese momento. No era una boda todavía, pero sí el primer gran paso: nuestra fiesta de compromiso. Habíamos elegido cada detalle con ilusión, desde la música suave hasta las luces cálidas que colgaban del jardín. Queríamos algo sencillo, íntimo, rodeados de las personas que habían acompañado nuestra historia desde el principio.
Cuando llegaron los invitados, sentí que todo valía la pena. Risas, abrazos, brindis. Mi pareja me tomó de la mano y me susurró que ese era solo el inicio de una vida juntos. Yo estaba feliz, tranquila, convencida de que nada podía arruinar esa noche.
Me equivoqué.
La presencia que siempre incomodó
Mi cuñada llegó un poco más tarde que el resto. Entró con una sonrisa que no supe interpretar y un vestido llamativo que captó la atención de inmediato. No era la primera vez que sentía cierta tensión con ella. Siempre había sido competitiva, siempre parecía necesitar ser el centro de todo, pero jamás imaginé hasta dónde podía llegar.
La saludé con cordialidad. Me devolvió el saludo, pero noté algo distinto: estaba demasiado segura, demasiado ansiosa.
El anuncio que nadie esperaba
