Pero poco a poco llegaron las señales: dolores constantes, cansancio, torpeza en las manos, miedo a caerme.
Una noche me resbalé en el baño. No fue grave, pero el susto fue real.
Ahí entendí que vivir solo ya no era tan sencillo como antes.
Segunda opción: mudarme con mi familia
Decidí probar vivir con mi hijo y su familia. Me recibieron con cariño. Los primeros días fueron hermosos: risas, cenas juntos, abrazos.
Pero la realidad apareció rápido.
Ellos trabajaban todo el día, los chicos tenían su rutina, y yo volvía a quedarme solo… pero ahora en una casa que no era mía.
Pequeños comentarios comenzaron a doler:
“¿Podrías usar menos sal?”
“¿Bajás un poco la tele?”
“Los chicos necesitan estudiar.”
