Esa promesa se volvió más pesada cuando Roberto murió en un accidente laboral. Quedé viuda, sola, con un niño de ocho años y sin ahorros. Pero no me rendí.
Limpié casas, vendí tamales, planché ropa ajena. Cada peso que ganaba era para Matías. Nunca me quejé. Nunca me di lujos. Todo era para él.
El sueño de un hogar propio
Después de muchos años de trabajo, logré comprar una casa pequeña, modesta, pero mía. Tenía un patio con un limonero que planté yo misma. Todas las mañanas tomaba café ahí, bajo su sombra, sintiendo que todo el esfuerzo había valido la pena.
Matías creció, estudió, se graduó y consiguió un buen trabajo. Me dijo que ahora él me cuidaría. Yo le creí.
Durante un tiempo, todo fue paz.
La llegada de Petra
Todo cambió cuando Matías conoció a Petra. Desde el primer día sentí algo extraño. Era amable, sí, pero su mirada siempre evaluaba, comparaba, juzgaba.
Criticaba mi casa, mis muebles, mi forma de vivir. Y poco a poco, Matías empezó a cambiar. Venía menos. Llamaba menos. Escuchaba más a su esposa que a su propia madre.
