Solo la frase que cambió todo:
—Mamá, le di tu casa a mis suegros. Pensé que ibas a morir.
Petra solo agregó:
—Busca otro lugar donde vivir.
En ese momento no grité. No lloré. Desperté de verdad.
La decisión de no ser víctima
Durante mi recuperación entendí algo: si me quedaba callada, iba a perderlo todo. Así que pedí ayuda legal.
Descubrí que mi hijo había falsificado mi firma para ceder la casa. Eso era un delito. Tenía derecho a denunciarlo, incluso a enviarlo a prisión.
Pero yo no quería venganza. Quería justicia.
Recuperar lo que es mío
Con una orden judicial, mis suegros fueron desalojados. Volví a entrar a mi casa y sentí que me arrancaban el alma.
Mis muebles estaban guardados como basura.
Mis paredes pintadas de otro color.
Mi limonero, mutilado.
Lloré. Pero también prometí algo: volvería a levantar todo.
Límites, no castigos
Retiré los cargos penales contra mi hijo, pero puse condiciones claras:
