Daniel lo miró sorprendido.
“No sé qué decir”.
Charles sonrió con cariño.
“Solo di que sí. Ayudaste a mis hijas cuando necesitaban a alguien. Déjame ayudarte”.
Por la tarde, Daniel recorría la obra que se convertiría en su nuevo lugar de trabajo. Un simple acto de bondad le había cambiado la vida.
Pasaron los meses. Daniel se adaptó a su nuevo puesto: administraba una de las comunidades residenciales de Langford. Se hizo conocido y querido entre los inquilinos. Leo se cambió a una escuela mejor. Su hogar volvió a estar lleno de risas, algo que Daniel temía haber perdido para siempre.
Emma y Lily los visitaban a menudo, siempre alegres y amables. Aunque vivían en un mundo de riqueza, trataban a Daniel y Leo como familia. El vínculo que se forjó esa noche tormentosa no hizo más que fortalecerse.
Una noche, Charles llegó sin avisar. Observó cómo Daniel ayudaba con calma a un inquilino frustrado, ofreciéndole paciencia y comprensión. Más tarde, los dos hombres se sentaron a contemplar el cielo naranja que se ponía al atardecer.
“Cuando te conocí”, dijo Charles lentamente,
Creí que yo lo tenía todo. Pero me di cuenta de que tú tenías algo que yo había perdido: el corazón.
Daniel sonrió suavemente.
“A veces el corazón es lo único que nos mantiene avanzando”.
